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Según el crítico televisivo de los cincuenta John Crosby, Elvis Presley
era un “inenarrable intérprete joven
vulgar y sin talento”. Mientras tanto, la revista Time advertía en 1956: “Sus
caderas se balancean sensualmente de un lado a otro mientras que su cuerpo se
mueve frenéticamente, como si se hubiera tragado una ametralladora”. El
productor Phil Spector, por su
parte, dijo: “No tienen idea de cuán
grande es, realmente no saben.” Asimismo, Bob Dylan planteó que “Cuando escuché por primera vez su voz, supe que yo jamás trabajaría
para nadie; y nadie sería mi jefe… escucharlo fue como salir de la cárcel”. Rod
Stewart opinó que “Elvis era el rey. Gente como yo, Mick Jagger
y muchos otros simplemente seguimos sus pasos”. “Si no fuera por él, no sé qué hubiera sido de la música popular”,
pensó Elton John. James Brown, por otro lado, reflexionó: “espero encontrármelo en el cielo. Nunca
habrá otro hermano del alma como él.” John Lennon sentenció
simplemente que “Antes de Elvis,
no había nada”.
Estas opiniones y reflexiones construyen el
significado que adquirió Elvis Presley a lo largo de la historia de la
música popular. Su aparición constituyó una revolución en la industria cultural
norteamericana que luego se hizo mundial,
no porque hubiera inventado el rock
& roll (ya que ciertamente no lo hizo) sino porque desarrolló un estilo
personal que consistía en cantar fuerte y claro, acompañar el ritmo con el
cuerpo de una forma nunca antes vista y dotar a la música de una pasión
excepcional que era impropia de los cantantes blancos. En resumen, fue el
primero en agitar las caderas y el público blanco quedó pasmado. Las reacciones
no tardaron en surgir: los medios dominantes, indignados, lo calificaron de
vulgar, inapropiado y hasta de maniático sexual.
Ahora bien, como dijo Dylan, para el
espectro joven esto significó una expresión de libertad: el hecho de que los
padres detestaran al extravagante músico de Memphis y a sus correligionarios
trazó una línea entre la sociedad conservadora norteamericana y la juventud
rebelde que se negaba a perpetuar las formas y las costumbres que se les
imponían. Luego de la segunda guerra mundial empezó a gestarse una
contracultura en Estados Unidos, que se manifestó primero en grupos
minoritarios y luego floreció masivamente a mediados de los '50, y las
industrias de comunicación masiva no tardaron en aprovecharla para crear
modelos con los cuales los adolescentes pudieran identificarse. Así se
popularizó el concepto de rock & roll
(que no fue otra cosa que el término que utilizó el disck jockey Alan Freed
en 1952 para rebautizar ante el público blanco al rhythm & blues, género existente desde los '40) y también
surgieron personajes icónicos, como fue el caso de Elvis. Hollywood, por
su parte, inmortalizó las figuras de Marlon Brando y James Dean
en las películas The wild one (¡Salvaje!,
1954) y Rebel without a cause (Rebelde sin causa, 1955) respectivamente, como
ejemplares de la nueva tendencia. De esta manera, la segregación racial también
fue desafiada, ya que el público blanco comenzó a interesarse por las bandas
negras de rock & roll, así como Presley
también gozó de éxito comercial entre la población negra.
Lo que vino después es historia. Elvis
fue tal vez la imagen más representativa de la primavera del rock & roll,
que como tal, debió llegar a su fin y dar lugar a nuevos estilos y tendencias
que siguieron dándole forma al género. Aún así, la incesante actividad del Rey
en sus años de mayor éxito fue suficiente para la construcción del mito: hoy
contamos con innumerables imitadores e infinitas versiones de sus canciones. Phil
Spector estaba en lo cierto: es imposible determinar su grandeza, porque su
leyenda crece todos los días un poco más.
Juan Irurueta.-
1 comentario :
Interesante reseña! Como dijo el bueno de John, “Antes de Elvis, no había nada”.
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